Tras la masacre
El día 30 de marzo de 2005 la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) presentaba el vídeo titulado "Tras la masacre", producido por la misma fundación, sobre “las consecuencias que sobre el ánimo de los electores españoles tuvo el ataque terrorista del 11 de marzo de 2004”, según se puede leer en su propia Web. Su inmediata difusión por Internet y la edición de ejemplares en DVD para ser enviados a colaboradores habituales y a expertos en ciencias políticas y de la comunicación, desató una intensa polémica de carácter político cuyos ecos aún se pueden escuchar en los medios de comunicación a día de hoy.
El archivo se puede descargar directamente, o ver mediante streaming, en español o en inglés, con versiones en dos calidades de audio y vídeo. En la mejor de ellas, los 14 minutos largos del video han sido codificados mediante el códec de Windows Media 9 Audio y Vídeo a 400 x 300 píxeles, probablemente a 12’5 fps y a una velocidad de bits aproximada de 300 Kbps. El resultado es bastante bueno (incluso la versión en inglés con subtítulos) para una descarga inferior a 27 MB, lo que no supone ningún problema para quien se conecte a Internet mediante la ADSL más básica. No obstante, como he tenido ocasión de comprobar, sigue siendo necesario acudir al DVD si se quieren apreciar bien los detalles.
En las siguientes líneas me limitaré a hacer unas breves reflexiones sobre el vídeo, puesto que no es éste el lugar adecuado para hacer un análisis político (ni siquiera uno rigurosamente técnico, semiótico o comunicacional). Y para simplificar, dividiré las objeciones principales que se le han hecho a la manera clásica de “fondo y forma”.
En cuanto al fondo, esto es, a los hechos que se narran mediante las imágenes y la propia locución, se ha dicho que el vídeo es tendencioso, o lo que es lo mismo, se le acusa de falta de neutralidad. Pero nadie debería esperar tal imparcialidad en un vídeo producido por una fundación que en modo alguno oculta su estrecha vinculación al partido que perdió, contra todo pronóstico, las elecciones generales que se celebraban tres días después del ataque terrorista. Sería moralmente reprobable si se tratara de un cúmulo de falsedades e incluso de especulaciones sin prueba alguna que las sustentase, o fuera un simple panfleto (como muchos de los cortos de la lamentable película coral "¡Hay motivo!" realizada poco antes de las citadas elecciones), pero curiosamente ninguna crítica seria ha insistido demasiado en la veracidad o falsedad de lo que allí se cuenta, probablemente porque los hechos son ciertos y no añaden nada nuevo a lo que cualquier persona medianamente informada ha podido leer con anterioridad en la prensa independiente española. Además, muchas de sus afirmaciones se apoyan en declaraciones públicas de diferentes líderes políticos, grabadas por las televisiones en el Congreso de los Diputados y en ruedas de prensa, lo que las hace difícilmente rebatibles salvo para quien quiera creer que han sido sistemáticamente sacadas de contexto.
En cuanto a la forma, es decir, al tratamiento que se le han dado a las imágenes y sonidos en la realización del vídeo, se le reprocha fundamentalmente el uso o abuso de técnicas publicitarias o, más bien, propagandísticas. Esta afirmación (que no el reproche) es absolutamente cierta, puesto que efectivamente se trata de un vídeo con una elaborada postproducción: fotografías, periódicos, imágenes televisivas generalmente enmarcadas, rótulos, mapas y otros grafismos, se entremezclan en una composición multicapa, cuya continuidad asegura un fondo ígneo en continuo movimiento. En cuanto a la banda sonora, esencial para marcar el ritmo visual e incitar diferentes estados de ánimo en el espectador, es de parecida complejidad en cuanto a la combinación de músicas, locución, sonido ambiente y efectos sonoros. El resultado (técnico-artísticamente hablando) es muy aceptable para un vídeo de estas características, si bien hay cosas que a mí personalmente no me gustan, como el empleo del corte puro y duro entre dos fragmentos de la misma intervención televisiva de un político (en vez de usar una cortinilla), o el rótulo en 3D del “Pásalo”, por citar dos ejemplos; y otras que en cambio me agradan mucho, como los símbolos resplandecientes (probablemente simples letras desenfocadas a las que se les ha aplicado un intenso glow) que se desplazan a través de la pantalla y en ocasiones sirven para enmarcar las imágenes grabadas por las televisiones durante aquellos días.
Sin embargo, no me parece acertado censurar el uso de esta estética “propagandística” (dinámica, espectacular), sin la cual probablemente sería muy difícil mantener al espectador catorce minutos pegado al monitor de su ordenador, si tenemos en cuenta que se trata de un vídeo producido desde el punto de vista del partido político más perjudicado por las consecuencias del atentado en el proceso electoral, su duración y el tipo de difusión masiva escogido. No es posible aplicar a este tipo de vídeos los criterios de objetividad (tanto en el fondo como en la forma, puesto que en realidad no son disociables) exigibles a un reportaje televisivo; sino más bien los exigibles a un publirreportaje comercial, lo cual no significa en absoluto que no sea verdad lo que allí se cuenta, sino que sólo se cuenta aquello que favorece a la tesis que se quiere transmitir. Lo reprobable sería que mediante la manipulación de las imágenes o del propio montaje, se sugiriese al espectador una interpretación manifiestamente falsa de lo acontecido; o que incluso se intentara provocar una respuesta emocional irracional o desproporcionada, mediante aquellos recursos que ya nos desveló Einsestein en el primer tercio del siglo pasado (y que siguen siendo igualmente eficaces).
Otro tipo de discusiones que he escuchado a menudo se refieren al hipotético perjuicio que ha podido ocasionar la realización de "Tras la masacre" al partido político vinculado a la fundación que lo ha producido, y a su conveniencia u oportunidad política en general. En una sociedad avanzada y teóricamente democrática, parece bastante absurdo pensar que pueda verse perjudicado quien denuncia unos hechos delictivos (contrastados, por otra parte) antes que los presuntos promotores de los mismos; pero aunque existiera tal riesgo, es preferible colaborar en su divulgación a resignarse a vivir en la oscuridad. Cualquiera que haya estudiado un poco de psicología social, de persuasión de masas o simplemente de publicidad, sabe lo sencillo que resulta influir en la opinión pública si se cuenta con el suficiente apoyo mediático, por lo que para cualquier verdadero liberal intentar contrarrestar la manipulación informativa predominante es ya una cuestión de principios y, en el caso que nos ocupa, de legítima defensa.
“Tras la masacre” es, por tanto, un vídeo propagandístico en el sentido que le da a esta palabra la Real Academia Española (RAE). Esto no es algo bueno o malo por sí mismo, sino que lo será en función de la veracidad de lo que se transmite y de sus propósitos finales. Pero lo cierto es que no habiendo sido emitido íntegro (que yo sepa) por ningún canal de televisión nacional o autonómico, la polémica ha servido principalmente para que más gente se interese por él, ya sea para coincidir, discrepar o por mera curiosidad. Cuando escribo estas líneas, según FAES el vídeo ha sido descargado en más de 1.200.000 ocasiones, lo que demuestra la fortaleza de Internet y lo que puede llegar a significar para la libertad de expresión en nuestro futuro más inmediato.
Publicidad televisiva: lo que dice la ley
Quisiera felicitar a Rafael Fort por su artículo "La televisión contra el espectador", y no solo dar mi opinión al respecto, sino recordar lo que la ley dice sobre los tiempos de emisión de publicidad en televisión.
Según la Ley 22/1999 de 7 de junio que modifica la anterior Ley 25/1994 de 12 de julio sobre el ejercicio de actividades de radiodifusión televisiva en España, el tiempo total dedicado a la publicidad en todas sus formas "no será superior al 20% del tiempo diario de emisión", concretamente los anuncios publicitarios no pueden superar el 15% de dicho tiempo. Por otro lado, durante cada una de las horas naturales del día, "el tiempo de emisión dedicado a la publicidad en todas sus formas y a los anuncios de televenta no podrá ser superior a los diecisiete minutos". Quedan excluídos de estos tiempos los anuncios de servicio público o de carácter benéfico.
Todo lo que tenemos que hacer para comprobar como esto no se cumple por parte de las televisiones es sentarnos frente al televisor con un cronómetro en la mano. Es sabido que el problema no se deriva de la ausencia de una regulación, sino de que es más barato pagar la multa por saltársela que lo que se dejaría de ingresar en concepto de tarifas de emisión si se cumpliera.
Soy de la opinión de que tenemos la televisión que nos merecemos. Los españoles somos audiencia cautiva: nos tragamos lo que nos ofrezcan sin rechistar. Uno echa de menos programas legendarios en otros países de nuestro entorno como "Watchdog" de la BBC británica, un programa semanal en el que los telespectadores remiten sus quejas y consejos a la cadena y esta responde, mostrando además el fragmento concreto de programa al que se refiera cada queja. Claro que también el público inglés dispone cada año en las librerías y las bibliotecas públicas del informe anual de la BBC sobre gastos e ingresos y su cuenta de resultados. Francamente, a mí no me importaría pagar un canon por una televisión así.
Por cierto, a próposito de la publicidad, ¿no se hallaba el sector sumido en una crisis profunda con las agencias recortando drásticamente los costes de producción de spots? ¿cómo es posible entonces el bombardeo ingente al que nos someten las televisiones?. ¡Ah! y una última cosa: ¿hay forma más ridícula de publicitar un producto que los espacios en las pausas publicitarias de las series en las que los mismos actores que acabamos o vamos a ver nos estén vendiendo un producto?, ¿es que alguien se imagina en las pausas de "Expediente X" a David Duchovny vendiendo un champú y en un mismo decorado de la serie?, ¿o a David Caruso de "CSI Miami" ofertándonos una maleta a mitad de un episodio?. Este tipo de publicidad no solo no consigue que el consumidor adulto se sienta atraído por el producto, sino que desprestigia a un actor al frivolizar al personaje que interpreta haciéndolo menos creíble. Puede que funcione para un público adolescente como en el caso de "Un paso adelante", pero dudo mucho de que sirva más allá de lo risible con una audiencia madura. Claro que como aquí nos empeñamos en hacer series "para todos" y con cuatro duros pues... Pero ese es otro tema que ya comentaré en otra ocasión.



