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COMO RODAR
UN CORTOMETRAJE Y SOBREVIVIR
(16 de mayo de 2005)
Por Luis
Santiago Díaz González
Recientemente he
tenido ocasión de asistir, con motivo del II
Festival Internacional de Documentales de Madrid,
a la proyección de la película Lost
in La Mancha sobre la lucha titánica e inútil
del cineasta Terry
Gilliam por
llevar a la pantalla su visión
de Don
Quijote de la Mancha en nuestro país.
Viendo las vicisitudes de Gilliam por levantar
un proyecto que parecía condenado desde el principio
no pude por menos que sentir cierto placer morboso y lástima
por el director a partes iguales. Lástima porque cuando
uno observa tanto empeño, talento y determinación
invertidos en un proyecto y que éste naufraga a pesar
de todo, la sensación de impotencia se contagia. Placer
morboso porque, personalmente, acababa de salir de una experiencia
que, sin comparación en escala, sí que guardaba ciertas
similitudes con el relato que desfilaba ante mis ojos. De hecho
pienso que “Lost in La Mancha” debería ser
un visionado obligatorio en todas las escuelas de cine y video.
No hace mucho he estado involucrado en el
rodaje de un cortometraje donde la falta de previsión
y comunicación también
acabaron por hundir un proyecto en el que mucha gente ha invertido
una cantidad ingente de tiempo y esfuerzo (y, a diferencia
del film de Gilliam, sin cobrar un duro). Una obra cinematográfica
no consiste en reunir un equipo, coger una cámara y
ponerse a rodar. Requiere una planificación previa digna
de una batalla y no me refiero a la planificación artística (guiones literario y técnico, story boards y demás),
me refiero a la logística, a poner en marcha un ejército
en el que cada soldado y oficial necesita saber en todo momento
cuál es su cometido y qué es lo que está pasando.
Como cualquier ejército, un equipo de rodaje necesita
rutas de aprovisionamiento, vituallas, establecer un campamento
base desde el que operar sin dificultades y que sus líneas
de comunicación estén limpias de manera que los
mensajes se intercambien entre las unidades y el puesto de
mando con total claridad. Y todo esto antes de efectuar un
solo disparo. Pero, sobre todo, un ejército debería
estar preparado para la batalla o renunciar a ella en campo
abierto y convertirla en escaramuzas de guerrilla. Si está dispuesto
a asumir lo segundo, rodando de otra manera más sencilla,
eligiendo localizaciones en las que los permisos no sean una
pesadilla económica y burocrática, evitando muchos
planos complejos de travelling y grúa, desechando grandes
planos generales que impliquen iluminar áreas extensas,
un cineasta debería renunciar a su proyecto.
Habrá en este punto muchos directores
(o aspirantes a directores) jóvenes que estén
en desacuerdo conmigo, que aboguen por lo que el mismo Terry
Gilliam declara en “Lost in La Mancha”: rodar
lo que sea a cualquier precio porque al menos así hay
algo que justifique todo el trabajo previo. Opinión
con la que su mismo ayudante de dirección, Phil
Patterson,
se muestra en desacuerdo. El cine es pasión, desde luego,
pero el problema es que no puede ser una pasión individual
como la del pintor, el escritor o el músico; la pasión
de un cineasta debe pasar unos filtros económicos e
industriales y ser mantenida siempre por debajo de consideraciones
presupuestarias y logísticas que mandan (o deberían)
sobre la “vena
artística”. Pero es que además la pasión
cinematográfica tiene que ser compartida por un equipo.
Cuando en un rodaje el entusiasmo del director no es compartido
el ambiente es descorazonador. Incluso cuando el realizador
sea un relaciones públicas y un superviviente nato,
hay factores que afectan al equipo capaces de destruir la fe
en un proyecto, a saber, jornadas extenuantes e interminables,
traslados de lugar porque la policía te echa de ellos
al no tener permisos, descubrir que se tiene permiso parar
rodar en un lugar pero no para aparcar los vehículos
que transportan el material o incluso el generador porque estos
requieren otro tipo de permiso y, por supuesto, más
dinero, etc. Cuando estos factores se suman, su resultado
en la moral es exponencial, multiplicándose hasta un
límite en el que la producción se paraliza por
abandonos y lo hecho hasta ese momento deja de contar.
La planificación de un rodaje debe ser realista y responsable
y no dejar ningún cabo suelto. Cada uno de los elementos
delante y detrás de la cámara deben estar perfectamente
controlados, de lo contrario no es posible emprender un proyecto
de cine de ficción con garantías. Todos los que
nos dedicamos a esto sabemos que, pese a todo, siempre aparecen
circunstancias inesperadas que escapan a la mente más
precavida, pero precisamente por esto las condiciones deben
estar lo más atadas posible antes del primer golpe de
claqueta.
Para conjugar planes con necesidades y disponibilidades,
se requiere mucha comunicación. Una comunicación
que no sea de circuito cerrado entre el director, su ayudante
o ayudantes y el equipo de producción, sino abierta
a todos los departamentos que intervienen en un rodaje. A su
vez, dentro de cada departamento, cada responsable debe recabar
las opiniones y sugerencias de su equipo humano, escucharlas,
y, si procede, transmitirlas a dirección y producción.
Planificar sin contar con los demás no sirve de nada,
más aún si no se tiene experiencia o ésta
es insuficiente (caso de los cortometrajes). Y no olvidar
nunca que en el cine el tiempo es, literalmente, oro y en consecuencia
lo que puede ser un ahorro menor e insignificante a corto plazo
puede traducirse en un despilfarro a medio. He vivido situaciones
en las que por querer ahorrar sesenta euros por no pagar a
un Jefe de Eléctricos dos horas de visita previa a una
localización, se ha retrasado todo un día de
rodaje con un gasto económico mucho mayor.
Un director puede tener una gran visión de su obra
y puede ser una visión acertada, pero no debe estar
cegado hasta el punto de creer que se hará realidad
solo porque la ha tenido. Puede soñar todo lo que quiera
pero necesita muchos arquitectos para construir su sueño.
Desde mi punto de vista prefiero un realizador
con menos talento capaz de tener los pies en el suelo y de
completar un proyecto sujetando el timón firmemente
con una sonrisa, que un artista consagrado cuyas altas miras
terminan por desperdiciar parte de las vidas de los demás
hundiendo el barco. Tal vez el primero no me deslumbre y ni
siquiera me haga descubrir nada nuevo pero al menos habré llegado
a puerto. Y conmigo todos los demás.
Luis
Santiago es licenciado en Imagen y Sonido, director de fotografía
y profesor de vídeo/televisión. Ha trabajado
en numerosos cortometrajes así como en todo tipo de
producciones comerciales en 35mm, 16mm y en casi todos los
formatos de vídeo profesional.

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