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LA ENSEÑANZA AUDIOVISUAL EN
ESPAÑA: saturación y falta de perspectivas
(25
de septiembre de 2004)
Por
El profe
Como cada año académico, con la llegada del
mes de octubre, cientos de miles de alumnos de Formación
Profesional y universitarios se incorporarán a sus centros
educativos. Muchos lo harán por primera vez, inquietos
a la par que animados frente a una nueva etapa de sus vidas.
Un porcentaje nada desdeñable de estos jóvenes
habrán optado por alguna de las numerosas escuelas o
universidades públicas y privadas que imparten estudios
relacionados con los medios audiovisuales. Y es que la industria
audiovisual nunca había estado tan de moda ni había
sido tan cool de cara a atraer nuevas y precoces vocaciones
en nuestro país.
Hasta hace algo más de una década, la industria
del cine, tradicionalmente endogámica en España,
no ocupaba la mente de futuros licenciados y titulados de Formación
Profesional como una meta preferente por encima de estudios
más habituales como Arquitectura, Derecho, Medicina,
o Electricidad y Automoción por poner solo unos pocos
ejemplos. Hoy en día prácticamente todas las
escuelas de F.P. que ofrecen ciclos formativos de comunicación
tienen listas de espera y todas las facultades de Comunicación
Audiovisual y Periodismo ocupan los primeros puestos en cuanto
a número de solicitudes de matriculación. Y esto
no solo en la enseñanza pública, sino también
en la privada que se apresura a recoger de buena gana y con
extrema facilidad a todos aquellos no admitidos que se pueden
permitir unas tasas académicas costosísimas.
Los centros formativos privados que ofrecen titulaciones oficiales
o propias en materias audiovisuales y las facultades de comunicación
en universidades públicas y privadas han crecido por
doquier alentadas por una demanda segura.
¿Qué ha sucedido en este espacio
de tiempo para que exista semejante avalancha de futuros cineastas
y técnicos
de televisión? En mi opinión el fenómeno
obedece a tres causas. En primer lugar la llegada de las televisiones
privadas que en su momento creó unas esperanzas nada
realistas sobre la necesidad de personal de las mismas; a ello
habría que sumar la proliferación alegal de
televisiones locales en años más recientes. En
segundo lugar la llegada de una nueva generación de
cineastas españoles jóvenes como Alejandro Amenábar,
Fernando León o Benito Zambrano que acaparan por igual
el éxito de público y la atención de los
medios por sus propuestas fílmicas, algo que no había
sucedido antes en la historia del cine patrio. Finalmente,
las nuevas técnicas de marketing y promoción
de películas como los famosos Making of que
sirven para llenar horas de programación televisiva
de forma barata y a la vez hacer que al gran público
lleguen los entresijos del rodaje de una película que
se quiere promocionar (es un decir; cualquiera que haya participado
en un rodaje sabe perfectamente que ni todo sale a la primera,
ni todo va como la seda, ni mucho menos todo el mundo es maravilloso,
de hecho, en este sentido el único making realista
que he visto es el documental de Eleanor Coppola, “Corazones
en tinieblas”, sobre el rodaje de “Apocalypse now”).
En definitiva, algo que antes no existía o, simplemente,
quedaba en los archivos de las productoras como recuerdo.
Resulta inaudita la atención que la prensa y la televisión
dedican ahora al cine ofreciendo a la audiencia una imagen
falsa de glamour y popularidad rápida que atrae a los
jóvenes como un imán y eso sin mencionar las
autopromociones de las cadenas de televisión homenajeando
a sus equipos técnicos y humanos. Y no olvidemos que
estamos hablando de unas generaciones criadas al amparo de
la MTV y los videojuegos.
Cualquiera que se informe medianamente del estado del sector
audiovisual en España se dará cuenta de que nuestro
mercado no puede asumir, ni remotamente, toda la demanda de
titulados que las escuelas arrojan cada año. Pero cuando
se es joven las cosas no se suelen analizar con la cabeza fría
y las ilusiones nublan a menudo un análisis objetivo.
Siempre habrá quien arguya que todos tenemos derecho
a estudiar lo que queramos y, desde luego, soy de la misma
opinión. Mi crítica aquí no está tanto
dirigida a los chavales que optan por estos estudios como al
exceso de triunfalismo y falsas expectativas que los medios
crean en ellos. El resultado es bien conocido por todos los
profesionales de la industria: precariedad laboral extrema,
salarios bajísimos –eso cuando se cobra claro-
y pérdida del prestigio profesional tras haber cursado
unos estudios que, en el caso de las escuelas privadas, tienen
un coste económico muy elevado por los equipos y material
que se necesita para aprender.
Por otra parte, a pesar de la amplia oferta educativa en esta
materia, los únicos títulos reconocidos a fecha
de hoy por el Ministerio de Educación, y por tanto oficiales,
son la licenciatura en Comunicación Audiovisual y
los títulos de Técnico Superior en Imagen,
Producción, Realización y Sonido si hablamos
de la formación profesional. A los titulados en estas
enseñanzas hay que sumar la ingente cantidad de alumnos
de centros con titulaciones no oficiales, centros que ofrecen
cursos en materias específicas, escuelas de cine tuteladas
por autonomías, masters y demás. No
obstante, a manera de síntesis, me centraré en
algunas consideraciones sobre las enseñanzas audiovisuales
homologadas.
En lo que se refiere a las titulaciones de
formación
profesional de grado superior, agrupadas en las especialidades
de Imagen, Sonido, Producción y Realización,
se trata de ciclos formativos de solo dos cursos académicos
que en realidad son quince meses lectivos y tres meses en período
de prácticas en una empresa del sector. Se trata a todas
luces de un período muy corto de formación en
el que hay que condensar mucho las materias a impartir. Un
realizador o un productor, incluso un ayudante, no pueden formarse
en quince meses para salir a continuación al mundo laboral.
Las escuelas cada vez encuentran más problemas para
ubicar a los estudiantes en empresas donde hacer prácticas:
demasiados estudiantes cada año para pocas empresas
en un terreno en el que la mayoría de los profesionales
son autónomos y en el que muchas productoras aparecen
para un proyecto concreto y desaparecen después. Lejos
de considerar las peculiaridades del sector, el Ministerio
de Educación se empeña en tratar estos estudios
y el período de prácticas como si se tratase
de cualquier otra rama con mercado más estable. A su
vez, las escuelas privadas, en su esfuerzo por obtener alumnos
a costa de lo que sea, realizan agresivas campañas de
publicidad enfocadas a los jóvenes con eslóganes
como “soluciona tu futuro” o “disfruta de
la diferencia entre aprender y estudiar”, encubriendo
por un lado la situación real del mercado y, por otro,
el hecho de que muchos alumnos aprueban y consiguen el título
simplemente porque han pagado la matrícula pues se trata,
fundamentalmente, de un negocio –sacar dinero de una
demanda masiva- por encima de cualquier otra consideración
educativa. Si a un programa de estudios escaso de tiempo para
desarrollar sus contenidos le unimos la ausencia de una selección
previa de un alumnado inmerso en la ley del mínimo esfuerzo
y una falta de rigor en las calificaciones, obtenemos uno de
los factores que inciden en el exceso de titulados.
Los estudios universitarios de Comunicación
Audiovisual, que en 1995 sustituyeron a los de Ciencias de
la Información,
rama de Imagen, han ido derivando cada vez más hacia
una formación práctica en la que el alumno debe
centrarse más en la técnica que en el bagaje
que debería conllevar una educación universitaria.
No cabe duda de que se trata de un intento de la universidad
de acercarse al mercado laboral y a lo que las empresas solicitan
en cuanto a formación, deseando sacudirse el sambenito
tradicional de la universidad –principalmente de la pública– de
un exceso de contenidos teóricos. Sin embargo, tal y
como sugiere el catedrático Enrique Bustamante, uno
de nuestros mayores especialistas en comunicación y
miembro del grupo designado por el gobierno para la reforma
de la televisión pública, cabe preguntarse si
no estaremos pasando de un extremo al otro y olvidando que,
para formar a futuros creadores y comunicadores no basta con
que sepan perfectamente cómo manejar un sistema de edición
no lineal o la cámara más sofisticada: cualquiera
puede apretar botones, sino que deben aprender a pensar, a
analizar y a evaluar sobre una base cultural sólida
el mundo que les rodea.
Parece claro que el oscuro futuro de los nuevos editores,
cámaras, directores, productores, etc., y la situación
alarmante de los profesionales de la industria audiovisual
se debe en una buena medida a las falsas expectativas generadas
tanto por los mismos medios a los que estos jóvenes
quieren acceder como por la multiplicación de escuelas
que sacan sustanciosos beneficios económicos de ellos.
No soy un entusiasta de “Expediente X”, pero a
veces veo en todo esto una monstruosa conspiración,
un siniestro pacto no escrito, entre centros de formación
y empresas audiovisuales que consistiría en seguir lanzando
titulados al mercado de manera que los sueldos puedan mantenerse
siempre bajo mínimos y se disponga de una mano de obra
barata, incluso gratuita y que, por encima de todo, no piense.
"El
profe" es
el alias que le hemos puesto a un profesor de imagen y sonido
que ha querido colaborar con nuestra Web, pero solicitando
no usar su verdadero nombre para ahorrarse las probables
represalias derivadas de decir unas cuantas verdades públicamente sobre
la educación audiovisual. No somos partidarios de
que los artículos sean anónimos, pero lamentablemente
es a veces la única forma de que algunas personas
puedan contarnos sus experiencias, o emitir libremente su
opinión, sin luego verse perjudicadas.

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