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LA TELEVISION CONTRA EL ESPECTADOR
(19 de septiembre de 2004)
Por Rafael
Fort Ruiz
Hasta cierta noche
de la semana pasada, hacía bastante tiempo que no
veía una película emitida por una de las televisiones
comerciales en abierto, ya que acostumbro a grabar aquellas
que me interesan y las veo más tarde, saltándome
los anuncios. Los vídeos VHS son ahora mejores y más
baratos que nunca, algo que tal vez influya en la lenta implantación
en el mercado doméstico de otros sistemas como los
grabadores de DVDs, por lo que grabar las películas
o programas de la televisión para verlos después
tiene un impacto irrelevante en la economía de una
familia española media. Es evidente que la calidad
de las imágenes y sonidos que vemos en nuestro televisor
descenderá al usar este método, pero esto es
algo que por lo general poca gente es capaz de percibir claramente.
En cambio, cualquiera puede apreciar el ahorro de tiempo
que supone eliminar la publicidad. Durante una película
de menos de dos horas de duración en prime time,
u horario de máxima audiencia, podemos eliminar entre
30 y 60 minutos. Así, por ejemplo, una película
de una hora y tres cuartos de duración que empezara
a las diez de la noche debería terminar a las doce
menos cuarto, pero si la queremos ver entera será difícil
que podamos irnos a la cama antes de las doce y media.
Cuando comencé a
trabajar en una emisora privada de televisión de cobertura
nacional, al comentar la cantidad de publicidad que se emitía
en algunos cortes, un compañero con más experiencia
que provenía de un país de Hispanoamérica
me reprendió observando que TVE nos tenía malacostumbrados
a los españoles. Me dijo que en su país la “contraprogramación” y
otras técnicas destinadas a contrarrestar los efectos
de otras cadenas sobre la audiencia eran habituales, que las
teles eran un negocio y que el espectador entendía que
era algo necesario y se acostumbraba. Por aquel entonces yo
tenía más conocimientos teóricos que verdadera
experiencia en este trabajo, así que creo recordar que
objeté algo sobre la función de servicio
público, pero centrándome en la televisión
estatal, donde era más fácil defender mis posiciones.
Ahora que hemos alcanzado en España un nivel televisivo
equivalente al del país de mi antiguo colega, he podido
apreciar muchas más estratagemas usadas por los listillos
del marketing, algunas de ellas verdaderamente absurdas
cuyo único objetivo parece ser cabrear al espectador.
Como la escasa seriedad en la programación de determinadas
series, cuyos capítulos se emiten de manera aleatoria
(¿cuesta más dinero seguir el orden proporcionado
por la productora?), repetición de los mismos, cambios
de horario o la simple eliminación de la serie cuando
baja la audiencia, todo lo cual desanima al público
y, para resumir, es pan para hoy y hambre para mañana.
El viejo truco de cebo, o anuncio de los temas más
interesantes “que se van a tratar a vuelta de publicidad”,
justo antes del pertinente corte publicitario, es un recurso
legítimo y valioso para mantener a la audiencia pegada
al televisor; pero cuando el tema más atractivo de los
anunciados no se emite en el siguiente bloque del programa
(tal y como se ha explicitado), sino que se deja para el siguiente,
el siguiente o el último, es evidente que nos están
tomando el pelo de la manera más burda. Podría
citar numerosas argucias de este estilo, pero creo que cualquier
persona que ponga un poco de atención puede encontrarlas
por su cuenta.
No obstante, voy a referirme
a algo que sinceramente no sé si es un engañabobos
o un problema de simple incompetencia: en los últimos
tiempos he visto proliferar en algunas cadenas las “cortinillas” publicitarias
en el mismo corte y sin finalidad aparente. Para quien no lo
sepa diré que en el argot televisivo llamamos cortinilla a
esa breve ráfaga de imagen de cualquier tipo (desde
un movimiento de travelling en plató a una
elaborada infografía), acompañada por lo general
de un sonido pertinente, que se usa para separar determinadas
partes de un programa, el programa del bloque publicitario
o incluso determinadas fragmentos de publicidad (un patrocinio,
una desconexión local). Estos “separadores” televisivos
cumplen, por tanto, una función similar a los que se
pueden encontrar en una novela, por lo que su multiplicación
sólo se me ocurre que persiga engañar al espectador,
haciéndole creer que termina la publicidad cuando en
realidad lo que viene a continuación es una nueva oleada
de anuncios. Supongo que esto permite además aumentar
el rango de tarifas diferentes, exponiendo razones psicológicas
nunca probadas, para así, en cooperación con
la agencia de publicidad, estafar mejor al anunciante. Pero
ya sea o no deliberada, esta forma de actuar constituye una
nueva afrenta al espectador, quien por su parte intentará protegerse
mediante alguna maniobra de evasión efectiva. Incomodar
al “cliente” de esta manera no parece que sea una
buena práctica para convencerle de nada, por lo que no es
de extrañar
que paulatinamente el efecto de la publicidad televisiva se
esté viendo reducido.
A mí todo esto me
producía un profundo rechazo, de tal manera que la cuarta
vez que en el plazo de un par de horas veía repetido
el anuncio de un producto, decidía no comprarlo jamás.
Hablo en pasado porque, como he dicho, durante mucho tiempo
me he mantenido firme en mi decisión de no ver películas
ni series en televisiones comerciales según se van emitiendo.
Pero un día en concreto de la semana pasada, una película
me llamó la atención. Normalmente la hubiera
grabado, pero tenía el video ocupado con otra grabación
y ya había olvidado lo que era pasar el trance de verla “en
directo”. He de precisar que no la emitía una
cadena privada, como podría suponerse, sino la televisión
pública española, el primer canal de TVE en concreto,
el cual sólo se diferencia de las privadas en que pierde
(perdemos)
una auténtica fortuna y en que manipula la información
más que ningún otro. Porque de hecho tuve que soportar
hasta cuatro cortes de entre diez y quince minutos. El primero
lo aguanté bien. Durante el segundo me dediqué al zapping,
es decir, a ver los mismos anuncios o spots en otras
cadenas. El tercero lo aproveché para hacerme un café y
ordenar la habitación, si bien aún tuve que soportar
una docena de anuncios mientras ojeaba el periódico.
Pero durante el cuarto ya no sabía que hacer, por lo
que decidí encender mi PC para consultar el correo electrónico,
y merced a la rastrera práctica de introducir el último
bloque publicitario cuando quedan cinco minutos para que termine
la película, me perdí su final.
* * * * * *
La anécdota que acabo de contar revalida mi decisión de grabar
todos aquellos espacios televisivos que no pierden interés si se ven
en otro momento; más bien al contrario, al poder visionarlos casi sin
interrupciones. Para quien piense que si tanto odio la publicidad debería
ver las películas, series y reportajes, en los canales temáticos,
le diré que me gusta ver anuncios de vez en cuando tanto como a cualquiera,
aunque sólo sea por deformación profesional; lo que no resisto
es ver treinta spots seguidos, a menudo los mismos en cortes sucesivos. Tanto
por mi trabajo como por el uso del video doméstico, uno llega adquirir
una cierta habilidad para ver las imágenes a una velocidad muy superior
a la normal, por lo que cuando un anuncio me llama la atención me detengo,
retrocedo un poco y lo veo con toda tranquilidad, si bien he de reconocer que
cuando ya estoy muy harto paso los cortes en la velocidad ultra rápida, ésa
que no permite reproducir nada en el televisor. Esto último puede parecer
difícil o arriesgado, pero es una simple cuestión de entrenamiento.
Así, por la noche, saltarse diez minutos a toda velocidad por lo general
te deja bastante cerca, ya sea por delante o por detrás, del final del
corte publicitario. Por otra parte, lamentablemente en España sólo
existe en estos momentos un proveedor que ofrezca (de manera generalizada)
canales temáticos en castellano, el monopolio de
la televisión de pago Digital +, lo que reduce la oferta para
la mayoría de nosotros a los que al grupo Sogecable le venga
bien incluir en su plataforma por satélite, además de suponer
un desembolso mensual considerable. Pero he de confesar que aun teniendo la
posibilidad de ver este tipo de canales, con frecuencia también los
grabo. Esto le podría parecer a alguien una manía o chifladura
mía, puesto que los canales temáticos suelen contar con una programación
de unas cuatro horas diarias que se repiten a lo largo del día, que
posteriormente volverán a repetir hasta la saciedad en multitud de ocasiones,
y que inevitablemente acabarás encontrando de nuevo en un canal temático
adyacente. Pero tengo motivos muy razonables, como explicaré en el siguiente
párrafo.
Aunque el canal temático
en cuestión no incluya publicidad, las series y los
reportajes están elaborados teniendo en cuenta un determinado
número de cortes publicitarios, por lo que su duración
acostumbra a no ser “redonda”. Por ejemplo, un
reportaje pensado para llenar una hora de emisión televisiva
rara vez superará los cincuenta minutos, por lo que
muchos canales temáticos optan por rellenar esos minutos
restantes con promociones o pequeños espacios de cualquier
tipo. En cuanto a las películas cinematográficas,
por fortuna su duración aún no depende de la
emisión por televisión, debido a lo cual también
suele ser necesario añadir tiempo extra para que su
comienzo o el del siguiente espacio coincida con las horas
en punto o las medias horas. Dejando a un lado el hecho de
que los propios programas se ven afectados negativamente hasta
en su concepción por esos cortes publicitarios previstos
(insufribles resúmenes de lo que acabamos de ver cada
quince minutos, por poner otro ejemplo), las promociones y
otros pequeños espacios son relativamente costosos de
producir o comprar, por lo que la constante repetición
de los mismos resulta insoportable para cualquiera. Piensen
que una determinada promoción genérica del propio
canal podría llegar a repetirse hasta cien veces diarias
durante meses o años.
* * * * * *
Empezaba estas reflexiones comentando la técnica que sugiero al lector,
si no la emplea ya, para intentar reducir los efectos negativos de la publicidad
en forma de spots en la televisión: lo que podríamos llamar “el
visionado en diferido”. Esta nociva influencia acabamos de ver que en
muchas ocasiones afecta incluso a aquellos canales de pago que no introducen
publicidad, puesto que los programas que emiten han sido preparados para ser
difundidos con cortes publicitarios y condicionan toda la programación.
Como la televisión comercial en abierto que obtiene ingresos de la publicidad
teóricamente actúa como un simple intermediario entre la empresa
que paga el anuncio y los posibles clientes de esa empresa, tendemos a exculparla
al entender que se trata de una cuestión de supervivencia. El espectador,
por tanto, sería víctima de la publicidad. O, en último
extremo, la culpa la tendría la empresa anunciante que contrata a la
agencia de publicidad. Pero si yo pensara de esta forma, habría titulado
este artículo “la publicidad” contra el espectador en vez
de La televisión contra el espectador. En realidad, no tendría
mucho sentido culpar a la publicidad, y mucho menos a quienes la producen o
financian, si es la única forma que nos permite disfrutar de la televisión
sin pagar nada (ya sea directamente o en forma de impuestos).
Para realizar un estudio
serio de los motivos por los cuales la televisión actúa
de forma agresiva hacia el espectador (la llamada audiencia cuando
se masifica y deshumaniza), deberíamos primero hacer
un análisis en profundidad de las peculiares relaciones
entre el espectador-cliente, la emisora de televisión
y las empresas que se sirven de ella para promocionar sus productos,
examinando aquellos factores clave para entender estas relaciones,
como la situación de cuasi-oligopolio de las televisiones
nacionales, el surgimiento de los nuevos y diferentes canales
y de otros medios de difusión de contenidos, la propia
dinámica de la competencia, etcétera. Pero todo
ello rebasaría los límites de este artículo
y, en mi opinión, únicamente ayudaría
a entender mejor los motivos de esta agresiva forma de actuar
por parte de la televisión hacia el espectador. Sin
embargo, no la justificaría, puesto que entonces tendríamos
que aprobar cualquier comportamiento por razones tales como
la captación de clientes o los índices de audiencia
(incluso cierta manipulación de la información,
como apuntó en
junio de 2004 la directora general de RTVE, lo cual no pasaría
de ser un disparate más entre tantos otros a los que
ya estamos acostumbrados si no hubiera impartido Teoría
de la Comunicación en la universidad). Internet
es tal vez donde mejor podemos apreciar ejemplos de una publicidad
absurdamente violenta que tan inútiles resultados obtiene,
como cuando una ventana del explorador se abre de repente ocultando
lo que estábamos haciendo, con la idea de incitarnos
a leer un anuncio o visitar otra página Web. Pero también
abunda en nuestro correo electrónico e incluso en el
buzón de nuestra propia casa, lo que parece más
peligroso porque delata en pocos días nuestra ausencia
(¿por qué se condena el spam y
no el buzoneo publicitario?).
Controlar la información
ha sido un objetivo crucial del poder en todas las sociedades,
y las emisoras de televisión que llegan a grandes grupos
de población se han beneficiado de la reducida competencia.
Sin embargo, los rápidos avances tecnológicos
están siendo el motor de un cambio que, por un lado,
diversifica la oferta, y por el otro permite al espectador
defenderse con mejores armas de las agresiones televisivas
(justificadas por razones de audiencia o técnicas publicitarias
supuestamente más efectivas). Por eso un trato al espectador
tan deleznable persiste en nuestros días, a pesar de
que, como decía antes, atropellar al cliente no parece que
sea el mejor método
para convencerle de las bondades de un determinado producto.
Y aquí nos encontramos con que el verdadero cliente
de la emisora comercial, la empresa que se anuncia en televisión,
ve luego diluido su anuncio en un auténtico océano
de spots de todo tipo. ¿No sería mucho más
efectivo para el anunciante que sólo se emitiesen unos
pocos spots en cada corte? Probablemente la mayoría
de nosotros rara vez nos levantaríamos del sillón
si supiéramos que en dos o tres minutos iba a continuar
el programa que estábamos viendo. Y si los cortes se
redujeran a un máximo de dos por hora, mucho mejor.
Como ninguna de la televisiones privadas se va a arriesgar
a entrar en quiebra inminente subiendo unilateralmente sus
tarifas para reducir el número de anuncios (y hacerlos
más efectivos), el impulso debería proceder de
la televisión pública española. He aquí una
buena idea que le ofrezco al “comité de sabios” que
debe elaborar un informe sobre RTVE, si finalmente deciden
no aplicar un canon al
televidente.
* * * * * *
En cualquier caso, debemos estar tranquilos: el futuro es inexorable y avanza
rápidamente. Antes o después podremos elegir con más
libertad lo que queremos ver, cuándo lo queremos ver y de qué manera,
y podremos evitar cada vez con más facilidad aquella publicidad que
nos incomoda. Como se suele decir, la pregunta no estriba en si tan deseable
escenario llegará o no a producirse, sino cuánto conseguirán
retrasarlo, por motivos obvios, los poderes económicos y políticos
de nuestro país. Quien aún tenga dudas al respecto, debería
recordar que hace aproximadamente 15 años no podíamos ver en
España más que Televisión Española y algunos
canales autonómicos, y hoy en día se puede acceder a cientos
de canales mediante una pequeña antena parabólica o a través
de Internet. De hecho, la grabación de películas en VHS que
comentaba al principio es ya un procedimiento anticuado: ahora cualquiera
puede convertir por poco dinero su ordenador doméstico en un completo
centro multimedia que nos permita recibir multitud de canales analógicos,
digitales y on line, grabar nuestros programas predilectos con una
excelente calidad para verlos más tarde, o reproducir un DVD, al mismo
tiempo que consultamos una enciclopedia a través de Internet o escribimos
una carta en un procesador de textos. No me extrañaría que,
si no existe ya, alguien estuviera desarrollando en estos momentos un software
capaz de detectar y eliminar los spots publicitarios de nuestras grabaciones
domésticas si así lo deseamos.
Pero la publicidad está aún
muy lejos de la extinción: mientras el ser humano siga
siendo lo que en la actualidad (sin entrar en juicios de valor)
entendemos por “ser humano”, probablemente siga
colonizando todo nuevo medio de comunicación que surja.
Es el transmisor del mensaje (el culpable final de la agresión
por permitirla), quien se encuentra en peligro si no se adapta
con suficiente antelación. Las emisoras de televisión
que se financian mediante publicidad no deberían seguir
considerando a los espectadores como a una masa anónima
de consumidores, destinada a ser pasto de la publicidad, porque
las empresas anunciantes comprenderán que pueden emplear
de manera más efectiva su dinero sin ofender al espectador,
su cliente potencial. Entre tanto, insisto, el visionado
en diferido es la mejor opción.
Rafael
es licenciado en Ciencias de la Imagen Visual y Auditiva por
la Universidad Complutense de Madrid. Durante años ha
sido editor de postproducción y realizador en Antena
3 TV, ejercido funciones diversas en otras emisoras y en productoras
independientes, impartido clases y asesorado a empresas de
video y televisión.

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