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LA PELICULA DEL DVD

(27 de marzo de 2004)

Por José María Pedemonte González

 

Empezaré aclarando que estas líneas no conforman un artículo técnico, ni uno de opinión. Más bien se trata de una mezcla de ambos, que surgió básicamente a través de una cuestión que, llegado el momento, me he tenido que plantear a mí mismo. Una pregunta que plasmaré de una forma coloquial, pero eficiente y sincera.

¿Cómo es posible que compre tantos DVDs?

El estimado lector podría pensar inmediatamente que no está dispuesto a perder el tiempo leyendo la terapia de un consumidor compulsivo, pero, sin embargo, le insto a que siga leyendo hasta el final para descubrir, no sólo los intrincados vericuetos de la mente humana, sino una pequeña parte del complicado mundo audiovisual.

¿Continua ahí? Sigamos pues…

Cavilando, me di cuenta de que hacía más de 2 décadas que en mi casa se había instalado el primer vídeo VHS. En todo este tiempo, apenas compré 10 películas, sin embargo, en los últimos 5 años, he adquirido más de 100 títulos en DVD. ¿Cuál era la razón para este cambio de comportamiento?

Tras meditarlo, me di cuenta de que las respuestas a este dilema pasaban por varios análisis previos.


Los contenidos y la publicidad en televisión

¿Hay algo bueno que ver en la tele? He aquí una de las cuestiones más debatidas últimamente. El hecho de que hasta hace unos pocos años existiesen programas buenos y malos, pero no el concepto de “telebasura”, parece potenciar la idea del empecinamiento de la caja tonta por hacer cada vez más honor a dicho sobrenombre. Esta situación y la acumulación de incontables minutos de publicidad, que se convierten en horas, mantiene vigente la discusión entre Apocalípticos e Integrados que ya formuló Umberto Eco en los años 60. Da la impresión de que estamos predestinados, si alguien no lo remedia, a una televisión de pago sin anuncios, que pueda satisfacer a los primeros, y otra en abierto para los segundos, que tendrán que conformarse con lo que les echen.

¡Oh, perdón! ¡Olvidaba que, a fin de cuentas, son las audiencias, es decir, el espectador, el que decide qué programación quiere ver! Bien, a este respecto, tengo que decir que en mi casa no han instalado junto al televisor el dichoso aparatito, el audímetro, y que, por tanto, no me veo reflejado en ellas. Informativos, documentales o algún especial de actualidad suelen ser mis excepciones. Por no ver, no veo ni las buenas películas que se emiten. Los cortes publicitarios resultan insoportables. Si a esto se suma la pésima calidad de muchos anuncios, especialmente aquellos de ámbito local o regional, la sensación general de pasar frente a la pequeña pantalla más de hora y media, en el mejor de los casos, es de verdadero hastío y pérdida de tiempo. Criticar es fácil. La cuestión es si, tras la crítica, se es consecuente apagando la tele durante el realityshow de turno o, por el contrario, se decide seguir viéndolo, porque en el fondo gusta, y de paso permite la participación en las conversaciones sociales del día siguiente. Personalmente, opto por abrir un libro, trabajar en el ordenador o, por ejemplo, poner un DVD.


La calidad del VHS

Me limitaré a contar, ya que esto no son más que una serie de pensamientos con un cierto grado de análisis, que en los comienzos de mi adolescencia, cuando empecé a cultivar el amor y respeto que siento por el cine, el vídeo y el audiovisual en general, miraba todas la semanas ávidamente el periódico buscando alguna película interesante que grabar. Lo hacía sin cortes publicitarios, ya que estos eran mucho menores por aquel entonces y yo tenía la paciencia de ir eliminando uno a uno con el método REC-PAUSE. Hace mucho tiempo de eso. Ya no tengo ese aguante. Ni creo que a estas alturas merezca la pena, entre otras cosas, porque ya desde mi tierna juventud, el VHS me parecía un sistema de mala calidad. Lógicamente no tenía los conocimientos técnicos necesarios para saber por qué, pero la comparación entre la imagen y el sonido de una película en este sistema con lo que yo veía en el cine, no tenía, sencillamente, parangón. ¡Y qué decir si la cinta en cuestión era una copia de otra cinta! En ese caso, el arte adivinatorio del espectador cobraba una especial relevancia. Por otra parte, tampoco había que limitarse al cine profesional. La imagen de las modestas peliculillas de Super 8, iluminadas con bombillas y luz natural, que rodaba por aquella época, me parecía muy superior a la de la costosa y novísima cámara VHS que se había comprado el vecino pijo de enfrente.

De hecho, el VHS fue el peor de los sistemas domésticos que surgió en aquella época. El Betamax y el Video 2000 eran muy superiores. Esto no es algo que diga yo, sino un hecho objetivo y demostrado. Sin embargo, fue el Video Home System el que se llevó el gato al agua para así perdurar en la historia, demostrando con ello que en la vida lo importante no es la preparación o calidad, sino llegar el primero y saberte vender. En cualquier caso, éste ha sido el sistema doméstico que ha imperado a lo largo de más de 20 años. Otros basados en cinta analógica han surgido: Video 8, Hi8, Super VHS, pero ninguno pudo desbancarlo… Tras ellos, vinieron los sistemas basados en disco: Laser Disc, CD-I, CD-ROM…, hasta que al final surgió el DVD para imponerse como el sustituto definitivo. Y es que, cuando un estándar es asumido por la sociedad, resulta difícil su desbancamiento, independientemente de que surjan formatos mejores. El ser humano es conservador por naturaleza y entre la comodidad de lo seguro y la complicación del riesgo, siempre elegirá lo primero.


La grabación como alternativa a la compra

El VHS nació para el consumidor como sistema grabador además de reproductor, mientras que el origen del DVD se limitaba a la segunda función. Todavía, al día de hoy, comprar un DVD estacionario que incluya el botón REC, es un lujo demasiado caro para el bolsillo medio. Por otro lado, los grabadores (y regrabadores) de DVD para ordenador, que sí han bajado de precio drásticamente en estos 2 últimos años, sólo admiten, en la actualidad, discos de 4’7 GB, mientras que la mayor parte de las películas a la venta se encuentran en discos de 8’5 GB. Por lo tanto, si alguien quisiera hacer una copia del film, tendría, además del problema legal, el de tener que partir la película para poder pasarla a dos discos. La otra solución, reconvertir el MPEG-2 del DVD a un archivo DivX que quepa en un CD implica, digan lo que digan, una pérdida de calidad por la compresión tanto de imagen como de sonido, al tener que pasar la banda sonora 5.1 (si la hubiese) al 2.0 del estéreo. Otra cosa es que eso no le importe al espectador poco exigente.

El lector podrá pensar que todo esto se solucionará cuando los grabadores DVD estacionarios sean accesibles económicamente hablando, pero esto tampoco es cierto. En España, las televisiones que emiten sus canales en abierto, lo hacen de un modo analógico, lo que supone que la calidad de su emisión esté continuamente afectada por interferencias electromagnéticas de todo tipo. ¿En cuántos hogares españoles se ve una cadena al mismo tiempo que, por debajo, como si de una imagen fantasmal se tratase, percibimos claramente la emisión del canal de la competencia? Por tanto, si el amante de un producto de calidad, pretende que la grabación de su flamante y nuevo DVD grabador sea mínimamente parecida a la del disco que pueda comprar en una tienda, tendría que obtenerla de una televisión con emisión digital y, por tanto, de pago al día de hoy en nuestro país. 2012 es la fecha oficial para lo que se ha venido a denominar “apagón analógico”, es decir, aquella en la que todas las televisiones estén obligadas a emitir digitalmente, pero hasta entonces, mucho tiene que llover.

Por otro lado, he de resaltar que en las líneas superiores empleé las palabras “mínimamente parecida”, ya que, a pesar de que la grabación se haya producido a partir de una emisión digital, su calidad siempre será, al día de hoy, menor que la de un disco bien elaborado a partir de una película reciente. En primer lugar, por el sonido que, en el mejor de los casos, será estéreo frente al surround imperante hoy en día. En segundo, porque el telecinado, es decir, el proceso mediante el cual una película se pasa a video para poder ser emitida, es una tarea delicada que no siempre se hace bien en las televisiones, dando lugar a imágenes con unos negros muy densos, altas luces fuera de rango o colores que no corresponden con exactitud a la impresión de la película. En tercer lugar, porque no resulta extraño que el resultado del telecine sea copiado una o varias veces, en distintas generaciones, a otras cintas (incluidas de sistema analógico como el Betacam SP) con un riesgo de pérdida de información en el proceso. Por último, es fundamental que la señal no sufra ninguna pérdida en su recorrido desde el centro emisor hasta el receptor del televisor.

Pero el soporte no es el producto, no nos engañemos. Existe una confusión generalizada en la sociedad acerca del concepto “digital”, entendiendo, como axioma, que éste implica ineludiblemente al de “calidad”. Y esto no es necesariamente así. La calidad de un DVD o cualquier otro soporte digital depende de la fuente original de la imagen y el sonido y del proceso por el que haya sido elaborado. En una ocasión compré la oferta de 2x1 con que se iniciaba una colección de películas en DVD. Cuando puse el primero de ellos, no pasé en su visionado de los títulos de crédito iniciales, que se intercalaban con escenas de la propia película. Aquel DVD se había hecho a partir de la digitalización de una cinta de vídeo analógica, que además se encontraba en malas condiciones. Éste, obviamente, no sólo es un proceso nefasto, sino que, en el fondo, resulta un engaño al comprador del producto. Sin embargo, cuando éste se da cuenta (si lo hace, que de todo hay), ya ha gastado su dinero y no hay vuelta atrás posible.


El proceso correcto de hacer un DVD

Consiste en:

1.- Si se trata de una película, el escaneado directo de una copia de celuloide en óptimas condiciones, respetando su relación de aspecto o formato de encuadre (1.33, 1.37, 1.66, 1.78, 1.85, 2:1, 2.35, 2.40:1) y su transferencia sin pérdidas al ordenador.

2.- Una vez en el disco duro, se procede a la conversión de los archivos de imagen y de sonido, que ya se encuentran en formato digital, al estándar MPEG-2 DVD.

3.- Por último, se graban los discos a partir de los nuevos archivos.

En el caso del vídeo, el proceso es muy similar. Si el material original es analógico, se deberá hacer una digitalización, preferiblemente por componentes. Si, por el contrario, la fuente es digital, obviamente esto no haría falta. Una vez tuviésemos en el ordenador tanto la imagen como la banda sonora, se repetirían los pasos 2 y 3.


El cine en… el cine

El lector podrá estar pensando razonablemente que, si tanto me gusta el cine, lo mejor que podría hacer es verlo en una sala de proyección. Es decir, si quiero apreciar el séptimo arte en toda su riqueza, ¿qué hago viéndolo en una pantalla de televisión? A esta pregunta responderé que estoy completamente de acuerdo, motivo por el cual visito con gran periodicidad las salas cinematográficas.

El gran problema se da cuando éstas proyectan las películas deplorablemente. Muchas veces no se trata de que la copia se encuentre en mal estado, sino que es el propio equipo de proyección el que lo está. En otras ocasiones, es el operador de éste el que no se entera, o no se preocupa, del resultado de su trabajo. Supongo que, por otra parte, es lógico, cuando para ahorrar dinero, el empresario contrata un solo proyeccionista y unos pocos acomodadores para un multicines en el que, a veces, hay hasta más de 10 salas. Pasé año y medio viendo cómo una especie de fiebre del desenfoque recorría todos los viejos cines de mi ciudad. En una ocasión, pasó un cuarto de hora desde el comienzo de American Beauty hasta la localización de un acomodador que comunicase al proyeccionista la mudez de aquella película en la que tan sólo se vislumbraban unas difusas siluetas. En otra, tuve que soportar El Pianista –la película entera- medianamente desenfocada, a pesar de salir varias veces de la sala para protestar. Por cierto, al igual que otras muchas veces, nadie más lo hizo (¡!). Y he de aclarar que no llevo gafas, ni las necesito.

Ante circunstancias como ésta, uno no puede evitar pensar que, para ver una película en estas condiciones, es mucho mejor verla en tu Home Cinema particular.


¿Cómo es posible que compre tantos DVDs?

Quizás porque, por primera vez en mi hogareña vida, sentado a unos escasos 3 metros de la pantalla panorámica del salón, puedo disfrutar verdaderamente de una película. Cuando me plazca, sin cortes de publicidad, sin desenfoques ni diálogos ininteligibles, sin comentarios absurdos por parte de un desconocido, con títulos de mi libre elección, en formatos originales, con acceso directo a las escenas y multitud de extras, con una calidad de imagen impecables y un sonido todavía mejor, en un idioma a elegir, sobre un soporte perdurable.

¿No fue Oscar Wilde quien dijo “la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.”?

 


José María es licenciado en Imagen y Sonido por la Universidad Complutense de Madrid. Durante una década ha trabajado en Antena 3 TV como operador de continuidad, mezclador y editor de postproducción, y también en productoras como guionista y realizador.

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